Escuelas de Costa Rica abren sus puertas a la niñez desplazada nicaragüense

Gracias a la generosidad de los pueblos y ciudades a lo largo de la frontera de Costa Rica, miles de niños y niñas nicaragüenses que huyen de la crisis social y política en su país han podido regresar a clases.

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El aula de Ramón en Upala, donde los niños costarricenses y los solicitantes de asilo nicaragüenses estudian lado a lado. © ACNUR/Flavia Sanchez

El primer día en una escuela nueva puede representar una angustia para cualquier niño. Pero para Lina* y Miguel*, su primer día de clases en Upala, una pequeña ciudad cerca de la frontera de Costa Rica con Nicaragua, realmente cambió su vida.

Los dos hermanos no habían ido a la escuela durante más de un año, desde que su familia huyó de su Nicaragua natal, debido a la actual crisis social y política.

Para su madre, Melissa*, la decisión de sacarlos primero de la escuela y luego del país fue desgarradora. Pero dejarlos en la escuela en Nicaragua era una alternativa aún peor. Después de que su hermano participó en las protestas que sacudieron a la nación centroamericana desde abril de 2018, toda la familia comenzó a recibir amenazas de muerte. A Melissa le preocupaba que Lina, de 10 años de edad, y Miguel, de 14, pudieran ser blanco de ataques cuando iban o venían de la escuela.

“No podía soportar la idea de que mis hijos estuvieran en peligro”, confiesa Melissa, de 35 años.

Finalmente, la familia decidió unirse a los más de 75.000 nicaragüenses que huyeron del país desde 2018, a raíz de una ola de intimidaciones generalizadas y violencia selectiva que siguió a las protestas antigubernamentales. La gran mayoría de las personas que huyeron buscaron seguridad en su vecino del sur, Costa Rica. Según la Dirección de Migración de Costa Rica, 61.791 nicaragüenses solicitaron asilo, o estaban tramitando su solicitud hasta mayo de 2019.

Para muchos niños y niñas desplazados por la fuerza en todo el mundo, las normas y reglamentos de sus países de acogida pueden constituir a veces un obstáculo insuperable, que se interpone entre ellos y su educación. También para Lina y Miguel esas reglas podían ser un problema, porque la familia no tuvo otra opción que huir sin llevar consigo muchos documentos importantes, incluyendo los papeles de la escuela.

“Era muy peligroso para mí ir a Managua para sacar los pasaportes o incluso a las escuelas de los niños para buscar sus calificaciones y certificados”, dice Melissa. “Apenas pudimos salir con una maleta pequeña”.

De los 25,9 millones de refugiados que había en todo el mundo a finales del año pasado, aproximadamente la mitad eran niños y niñas. Según un informe de ACNUR sobre educación, menos de dos tercios de ellos, el 61%, asistía a la escuela primaria en 2018.

Sin embargo, en Costa Rica la educación primaria es gratuita y obligatoria para todos los niños, independientemente de su situación migratoria. Además, en respuesta a la afluencia de nicaragüenses, muchas escuelas en el norte del país han comenzado a simplificar sus requisitos, para que niños y niñas sin documentos oficiales puedan inscribirse.

Upala, una ciudad de unos 44.000 habitantes en una de las regiones más pobres de Costa Rica, ha recibido un gran número de nicaragüenses. Lo más importante es que las escuelas locales han abierto sus puertas a los nuevos estudiantes. Al igual que Lina y Miguel, muchos de los niños y niñas nicaragüenses habían tenido que estar fuera del sistema educativo durante un tiempo, de manera que algunas escuelas incluso están brindando a los recién llegados clases adicionales para ayudarles a ponerse al día e integrarse.

Ramón*, un maestro de la escuela de Lina, explicó que el objetivo es ayudar a la niñez nicaragüense a “sentirse como en casa dentro de estas paredes”.

A pesar de los recursos limitados en Upala, los lugareños están ayudando a los recién llegados. Han organizado colectas de alimentos y recolectado útiles escolares y otros artículos de primera necesidad para sus nuevos vecinos nicaragüenses.

La solidaridad hacia las familias y la niñez nicaragüenses no se limita a Upala. La escuela de Los Laureles, una pequeña aldea agrícola a una hora y media de Upala, en la frontera con Nicaragua, ha acogido a decenas de estudiantes nicaragüenses. Gracias a los recién llegados, las matriculaciones en la escuela aumentaron en un 20% con respecto al año anterior, según informaron los maestros.

“La educación es un derecho humano, por lo que los maestros visitamos sus hogares para convencer a los padres de que la escuela es un lugar seguro para sus hijos y explicarles la importancia de continuar con sus estudios”, comenta Eugenio*, uno de los cuatro maestros de la pequeña escuela. “También evaluamos las necesidades de las familias nicaragüenses durante esas visitas”.

Eugenio contó que él, los otros maestros y algunos otros miembros de la comunidad incluso trabajaron juntos para construir una casa temporal para una familia nicaragüense que no tenía dónde vivir.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, está apoyando a las escuelas y comunidades locales, como Los Laureles y Upala, en el marco de una estrategia donde son las mismas comunidades de acogida que lideran los esfuerzos para la integración de los estudiantes nicaragüenses. A través de la donación de pupitres, sillas y útiles escolares, la Agencia pretende complementar los esfuerzos realizados por las autoridades locales y por el pueblo de Costa Rica.

“La generosidad mostrada por Costa Rica encarna el espíritu del Pacto Mundial sobre los Refugiados”, dijo Milton Moreno, Representante de ACNUR en Costa Rica.

“Estos esfuerzos demuestran cómo la solidaridad puede ponerse en práctica y servir de verdadera inspiración para todos nosotros”.

Aprobado por la Asamblea General de la ONU el pasado mes de diciembre, el Pacto Mundial promueve una distribución más equitativa de la responsabilidad de acoger y ayudar a las personas refugiadas, el 80 por ciento de las cuales vive en los países vecinos a sus lugares de origen.

A medida que Lina y Miguel reanudan sus estudios, los dos hermanos pueden volver a empezar a soñar con lo que les depara el futuro. “Lo que me hace más feliz de estar en Costa Rica es poder estudiar de nuevo”, dijo Miguel tomando de la mano a su hermana de camino a la escuela. “Quiero ser médico”.

*Los nombres de los maestros y los refugiados fueron cambiados por razones de protección.