Tarde de lucha libre

El autor José Nava, es Licenciado en Historia y escritor

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“La calor” estaba buena, al igual de la incertidumbre de saber que nos esperaba al ir a un lugar que nunca habíamos ido antes (El Punto Swap Meet); pero las vacaciones se acababan, y había que disfrutar los últimos días que nos quedaban, así que, al ver que se llevaría a cabo una función de lucha libre que nos quedaba a la “medida”, aproveché para ir con la “family”.

La cita era a las seis de la tarde, llegamos como a eso de las cinco y media; caminamos un poco por los locales para conocer lo que ahí ofrecían, después nos encaminamos hacia el lugar en donde se realizaría el evento. Cabe mencionar que era el primer evento de este tipo al que asistía mi retoño de apenas ocho años; pensé que no le gustaría, pero, cuál fue mi sorpresa, le encantó, ¡parecía pez en el agua! creo que hay un nuevo fan del espectáculo ¡más bello del mundo!

El lugar no está techado cosa que al principio molestó, pues el “calorcito”, calaba “algo bien”, sin embargo, algunas corrientes de viento, que de manera espontánea se dejaban venir, ayudaban a mitigarlo. La espera para la función se empezaba a prolongar un poco más de lo debido, pero, con la llegada del puesto de golosinas y frituras, nos entretuvimos “moviendo el bigote”.

Comenzaron a llegar los aficionados, familias enteras, hombres solos, mujeres solas, adolescentes, el asunto empezó “agarrar color”: música, máscaras, los clásicos “monitos” de luchadores, camisas, “chucherías” y el murmullo de los presentes, anunciaba que aquello empezaba agarrar vuelo, los decibeles del evento se iban incrementado; el cuadro de la lucha libre se comenzaba a pintar.

Se daban las seis con diez, y aquello no empezaba; algunos de los niños se entretenían corriendo por aquí y por allá, otros jugaban con “sus luchadores”, unos, por el calor, se  entregaban a los brazos de sus madres para dormir.

El anunciador realizó algunas dinámicas para obsequiar tazas y encendedores a los presentes y eso ayudó a suavizar la espera. Aproximadamente, a la seis y media, la robótica voz del  anfitrión anunciaba la tercera llamada, pensé, “ahora sí, ya van a empezar los chingadazos” y mi hijo, “ya quiero ver cómo se pegan”.

Saliendo los primeros luchadores, “los calienta lonas”, y al grito de “arriba los rudos” y de “arriba” los técnicos, aquello, que en un principio estaban muy tranquilo y calmado, se descompuso: los niños despertaron de su letargo, dejaron sus “monitos”, al igual que los brazos de sus madres, los adultos dejamos el lenguaje recatado y educado en la casa y sacamos lo mejor de nuestro repertorio de groserías y vulgaridades y, todos eufóricos, comenzamos a gritar: “la terapia grupal” había iniciado; mis respetos a los luchadores por aguantar tanta majadería, pero como ellos ya lo saben, esto es parte del “show”: ellos no nos bajan de borrachos y mugrosos y no nosotros a ellos de… ya saben.

Los minutos avanzaban y los rayos del sol se volvían más tenues, e iban dejando una estela de colores naranjas y lilas: la tarde se volvía fresca, ni mandada hacer para presenciar aquella función luchística al aire libre.

A medida que iban avanzando los combates, la calidad y la experiencia de los luchadores se notaba, tanto en lo que concierne a la técnica como al manejo de la fanaticada.

Mi hijo no paraba de correr para saludar a los luchadores, algunos sí lo hicieron y hasta lo abrazaron, otros no, pero pues así es este “rollo”, sin embargo, él estaba muy contento, gritaba, bailaba y, al ser la primera función a la que asistía, no sabía bien a quién irle, apoyaba a todos. Me preguntó, “a quién le vas papá”, y le tuve que responder la verdad, “a lo rudos, a los malos”, “pero por qué a los malos papá”, “porque son los que hacen mejor show”, creo que lo confundí con mi respuesta y no me entendió; después tendré que explicarle las delicias de la rudeza.

Hubo momentos de risas y aplausos, los luchadores son muy ocurrentes. En varias ocasiones, gracias a la calidad y a las acrobacias que hacían en el ring, como si fueran seres invencibles, nos dejaban callados y con la boca abierta, mi total admiración para ellos.

La última lucha, la estelar, comenzó al grito de “arriba los gordos”; muchos aludidos nos reímos de los lindo. Esa lucha brillo por “la vil traición” que se suscitó en la tercera caída, entre la pareja de los técnicos: ambos técnicos querían el triunfo y la gloria de la victoria, es por eso, que ni uno, no otro, dejaba que rindiera al rudo, así que ahí ya “hubo pedo”; los rudos, al ver el desmadre que se trían los técnicos, se miraron, y como diciendo “estos ya se chingaron”, que sujetan a uno de ellos, al del “problema” y al grito de “pártele su madre al perro”, el otro técnico, sin decir “agua va”, sello la tradición con un guitarrazo en la “mera maceta”; el técnico cae a la lona tocándose la cabeza y pataleando de dolor,  “sí se lo chingaron feo”, el público, que estaba a la expectativa de lo que iba  a pasar,  al ver aquella acción, rompió en aplausos  e insultos;  el grito de rudos, se escuchaba por todos lados; el referí dio la sentenció, descalificación a los “malos” y los técnicos se “llevaron” el triunfo, bueno, solo uno de ellos, porque el otro, se pasó al  “dark side”, “al lado oscuro de la fuerza”; así termino la velada, al mero estilo del teatro griego “entre lágrimas y risas”.

La gente empezó a abandonar el recinto, todos se miraban satisfechos, felices, gozosos, ¡qué psicólogo, ni que nada! ¡la lucha libre es la mejor terapia! Ya casi estando en la salida de aquel lugar, se escuchó, como un turno en medio de la tormenta, una “mentada de madre”, que en vez de hacer enojar a los presentes, provocó una cascada de carcajadas.

Y colorín, colorado, los “chingadazos” se acabaron.

 

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