Quesabirria

El autor José Nava, es Licenciado en Historia y escritor

0
150

Anoche fui a una pequeña reunión a la casa de un camarada: fue “intensa”, hubo de “tocho morocho”. Hablando de “pisto”… “uff vapuruf”, había dos hieleras grandes de la marca Coleman, rojas, con tapa blanca, de esas que se usan en las tienditas para poner las tortillas. Al levantarles las tapaderas aquello parecía una capirotada de alcohol.: Tecate, Bohemia, Indio, Sol, Dos XX Lager, Heineken, Estella…, Bud Ligth, Cerveza Tijuana, Budweiser, Miller, hasta se colaron, para los invitados “más acá́” de gustos más “refinados” y  paladares exigentes, las artesanales”: Ipa, Lagunitas, La Perversa, American Ipe.

Hablando de comida, también estuvo “rifado”, como dicen por ahí́; como “jue” de traje, ya te la “sabanas”, se dejaron “cai” con tamales de la “esquina”, lonches de comida china, “de camalón y les con blocoli”, el típico gorrión, llevó un Azucaritas, una chava llegó con “mole de su mamá” (recalentado sabe mejor), algunos “fifís” le cayeron con sus “ambrigus” y pollo del Costco y no falto la “liru sisar”; de entremés, “pos las papas”, Chetos, Paquetaxo, Doritos, “Sabritas”, Ruffles, de todo, hasta las Veggie Chips con sal de mar para los que comen “bien”; después me contaron, las malas lenguas, que por la madrugada también hubo “4.20”.

La fiesta estuvo al “cien”, la chavas no se “apretaron” a la ahora del “bailongo” improvisado en la sala. Todo comenzó́ con la canción de “Por qué me miras así́, Mientras me visto sin ti…”, la “Margarita” rifo un rato; después se pusieron muy norteños (pues no querían perder su identidad “dil norti”), sonó́ la “Chona”, “Tamarindo”, “Camaleón”…Ya con las rodillas calientitas, porque todo chavo ruco que se respeta, sabe que eso es lo primero que se debe calentar, aquellos seres llenos de comida, alcohol, felicidad, nostalgias y alegrías se entregaron al “perreo” intenso, mejor dicho lento, porque ya no están en la edad para arriesgarse a que les salga una hernia de disco (sí, exagero). El Reguetón old school lleno la atmosfera con su ritmo: Dady Yanke y Don Omar subieron el calor del ambiente; “Dale más gasolina”, “Salió el sol” y otras más del exquisito repertorio del “Big Boss” y del “Don”, retumbaron en aquellas viejas bocinas Sony. Dicen, los que se quedaron a barrer, que alguien, a un no se sabe quién, aprovechando que aquella “fiestita” se había relajado un poco, puso una canción de Silvio Rodríguez que dice: “Mi unicornio azul ayer se me perdió, “pistiando” lo dejé y desapareció…”, la canción casi destruía la fiesta…pero hubo un héroe sin capa que se percató de ello y rápido, con su membresía de “Spoti” y su cable “auxiliar”, saco a “Bronco” del retiro, sí a aquellos dice, según “ellos”, que “Con zapatos de tacón, las nenas se ven mejor, y caminan con estilo…”, la fiesta se prendió de nuevo.

A pesar de todo aquel agradable desmadre, yo seguía pensando en ella; era como un tintineo constante que no me dejaba de chingar. Hacía tiempo que no la miraba; bastante había pasado desde la última vez que mis labios sintieron su calor. Anoche fue una verdadera bacanal y a pesar de ello, su aroma, que celosamente guardo en mi memoria, lo percibía en cualquier rincón en el que me refugiaba para olvidarme de ella; era inútil querer alejarme de su recuerdo; ya no era solo su esencia, sino también su figura la que me acorralaba de manera incesante: la noche se me estaba haciendo larga y vacía.

Cuando mis amigos me hablaban, lo único que mis oídos escuchaban era su nombre… !aquellas voces solo pronunciaban su maldito nombre! Para apaciguar aquellos sinsabores y que la noche no se me amargara por su presencia fantasmal, salí al balcón de aquella casa para “tomar aire”: la brisa marina que, poco a poco se tragaba las casas, hacía que la noche, que era fría y gris, acentuaba mi melancolía: no ayudó mucho a aquellos minutos de estar impávido mirando la “nada”. Algunos camaradas se acercaron y me preguntaron si pasaba algo, y yo, con miedo a las críticas y sabiendo que no entenderían si les explicaba lo que sentía, contesté, con una tenue y distante sonrisa: todo al cien pariente. Regresé a la reunión y por momentos la música y la algarabía, me ayudaban a olvidarme de ella.

No pude permanecer mucho en aquel convivio. Pasada la media noche, decidí dejar a mis amigos e ir a casa a descansar: el trabajo en la bodega había sido pesado y sumarle a eso, el ir y venir de ella en mis pensamientos, me tenía realmente cansado. Llegando a casa, antes de abrir la puerta, pasó por mi mente la idea ir a buscarla, pero sabía que a esa hora sería inútil y no la encontraría: en esta ocasión pudo más en mí la prudencia que las pinches ganas de verla.

Me acosté, y dormí unos cuantos minutos, un ruido, que aún no sé qué era, me hizo despertar. Entre abrí los ojos, y mi primer pensamiento es ella de nuevo, recorrí la cortina para ver hacia afuera y darme una idea de la hora que es, aún está oscuro. Pienso que es muy temprano para salir a buscarla, ¡qué va a pensar la gente si me ve…pensará que estoy loco, que soy un malandro que se escabulle bajo el cobijo de la oscura madrugada para ir en busca de alguien a quien “chingar”! Pero el sueño, y un poco de cordura, me impidieron salir a buscarla, me quedé dormido de nuevo.

Al día siguiente, el canto de un gallo que anuncia el alba; el chillar de un perro que le suplica a su dueño no se vaya; los ladridos de una diminuta canina que vive al intemperie en un iglú artificial (porque ella no es de “raza fina”) y que, amarrada por el cuello con una cadena, de no más de un metro, riñe con los gatos que, tranquilamente e ignorando sus ladridos, se pasean frente a ella provocando su enojo (se vuelve una “fierecilla” la canija); los gritos y el llanto de un niño que no quiere que su mamá lo deje con la abuela y los chiflidos incesantes del novio-malandrín de la chicha de la casa 6, que más que chiflidos, parece el horrible canto de un pajarraco que esta avisando que es hora de aparearse (he visto varios condones usados cercas de su carro que funge como motel-casa), me despertaron. No hubo necesidad de cambiarme, pues llegué tan cansado que me dormí vestido. Me levanté, me lavé la cara, acomode mi cabello, tomé la cartera y llaves y salí decidido a encontrarla, salí “hecho la mecha”. Es temprano, y mientras voy caminando, veo como el sol ya raya en las calles, la mañana es fresca y cálida: algunas de las plantas que crecen de manera salvaje en los terrenos baldíos, cargan, en sus pequeñas hojas verdes, el rocío matutino: huele a tierra mojada. Sin embargo, ese agradable aroma, a veces se combinaba con el olor a la mierda de los perros que han decidido que esta mañana, fresca-cálida, es un buen momento para cagar en la banqueta justo donde pega el solecito.

Avanzo unas cuantas cuadras en dirección a la esquina en donde sabía que la encontraría. Mientras más me acerco, su aroma se hace presente, ya no es mi imaginación, ya no es un recuerdo, sé que pronto la veré, sé que está ahí; su esencia ya llena mis pulmones; ya despertó mis sentidos, pero no la veo.

He llegado a la esquina en donde debería estar, pero no la encuentro. De repente escucho un chiflido que se me hace familiar, volteo adivinando el lugar de donde viene aquel peculiar sonido y ahí está. Ansioso por verla y, sin tener cuidado, cruzo la calle y avanzo una cuadra más. Para mi mala o buena suerte, piso una mierda, ¡espero que sea de perro!, maldecí esa mierda, cómo iba a ir a verla con caca en el teni, pero ese excremento no me detendría. Busco rápido con que limpiar mi teni… ¡ahí me ven como pendejo limpiándolo!…mientras, algunas personas que pasan, me ven con cara de “guácala, pobre pendejo, no se fija donde pisa” (yo hubiera pensado lo mismo). Para mi buena suerte, uno de esos vecinos madrugadores que gusta del arte de lavar “su banqueta” con manguera, ha dejado un “charquito di agua”, en el doy los toque finales a la limpieza del teni y sigo caminando para encontrarme con ella.

Al verme llegar, mi dealer, ya me la tiene preparada. Don Chon, estiró su mano hacia mí y en ella viajaba un plato rojo cubierto de una bolsa de plástico transparente. Ahí estaba ella, justo frente de mí, ya lista, caliente, olorosa, dispuesta, blanca y redonda, con manchas cafés y negras; le salía vapor, del “rico”; su orilla se pintaba poco a poco de un rojo-naranja-oscuro…   !Era de pura maciza la condenada! Con cebolla, cilantro, frijoles y salsa, de la que “pica”: se me hizo agua la boca, ya estoy extasiado, pero le hace falta algo para que aquella ricura alcance el punto máximo de delicia, de exquisitez, ¡su consomé…!; ese caldito de los dioses que, con su cebollita, cilantro, limón y una poco de salsita de “los tacos”, se vuelve una ¡sabrosura…!

Por fin la tengo en mis manos, mis labios volverán a sentir su calor, su grasa y el aceite rojizo se me escurriera por las comisuras de la boca y no me importará que la gente del “buen comer” me vea con expresión de “fuchi”.

Algunos la piden entera, yo la pido partida por la mitad para poder introducirla en el “caldito” y sacarla bien mojada, escurriendo por todas sus deliciosas dimensiones. Para redondear aquel deleite, pido un plato extra para prepararme unos rábanos, a lo Venegas, “con limón y sal…”. Para que no se me atore la “quesa”, pido una “coquita de vidrio”. La coquita es el veneno más dulce, decía mi maestro de lucha libre, El Chamaco Martínez, que fue maestro de Rey Misterio Señor, una de grandes estrellas del pancracio local, nacional e internacional; quien perdió, casualmente, su la máscara frente a un luchador al cual también se le conocía como “pequeño veneno” o “veneno verde”, un 25 de marzo de 1988, aquí, en Tijuana, la capital del taco (sí, aunque no les guste, en “Tj”, están los mejores tacos…y punto)

En el rostro, de Don Chon al verme tan entusiasmado disfrutando de mi quesabirria, explotó en una enorme sonrisa, cálida, espontánea, majestuosa, que dejó ver ese diente “dioro” que tanto lo caracteriza (en el bajo mundo a, Don Chon, lo conocemos como el masca fierros, pero él no lo sabe). Él entendió que ya me había transformado en una especie de Yonqui de sus quesabirrias.

Yo, con alegría y amor por aquella obra de arte culinaria, recordé y canté los versos que compuso el gran maestro Manzanero:

Adoro la calle en que nos vimos

La “mañana” cuando nos conocimos

Adoro las cosas que me dices

Nuestros ratos felices, los adoro, “quesa birriaaaa…”.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here