Chiquitina

Por José Nava

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Acá, en la Privada, las mañanas amanecen muy diáfanas, ha de ser porque estamos en verano y gozamos de un buen clima, soleado y luminoso; el cielo se ve azulado y tiene algunas pinceladas de color blanco que parecen estar inmóviles, pero no es así, ellas se mueven a la velocidad de un caracol; acá, las palmeras, geranios, buganvilias, las margaritas y uno que otro árbol, se mecen al vaivén del viento: este cuadro me recuerda a las portadas de las revistas que, en mi infancia y sin falta, llegaban los domingos a la puerta de la casa, La Atalaya y ¡Despertad!.

Pienso que lo único que le hace falta a este lugar es un “lión” (vegetariano y dócil) y una “feliz familia” que comparta con el felino los frutos que cortan del árbol de la vida. Caigo en cuenta de que vivo el “paraíso”, ese que prometían aquellas revistas. Pero aquí los únicos felinos que se pasean son los gatos sin dueño (“son de todos y de nadie”), cazan ratas y alebrestan a los perros. Si queremos hablar de familias felices, no hay muchas que digamos, al menos eso me dicen las constantes peleas de algunos vecinos y los gestos torcidos de otros.

Esta estampa también me recuerda a los cuadros que pintaba, Bob Ross: en un televisor a blanco y negro, yo observaba como, en media hora, pintaba paisajes hermosos que salían de la nada. Aquello me dejaba perplejo, en esa media hora en que el pintaba, hojas, tallos, árboles, lagos, ríos, cabañas y montañas “jelices”, el tiempo se detenía y yo, al igual que sus trazos, deseaba ser feliz, ¡deseaba ser un niño feliz! y aparecer en sus pinturas; salir de alguna de aquellas veredas, estar al pie de uno de aquellos árboles, estar pescando en uno de los lagos, o simplemente, aparecer caminando por aquellos paisajes felices. Aquel programa, The Joy of Paintin, lo miraba por aquellos años de mi infancia, cuando vivía en la que aún se conoce como la cenicienta del Pacifico, en el bello puerto de Ensenada.

A pesar de que mi televisor era a blanco y negro, mis solicitarías mañanas se pintaban de colores y felicidad. Aquel hombre de cabello esponjado, sonrisa blanca, de manos delgadas y de rostro afable, aligeraba el peso de aquellas mañanas en que, por largas horas y encerrado en un departamento de una vecindad del centro de Ensenada, esperaba la llegada de  mis padres que se iban a trabajar, o como decían ellos, se iban a “corretear la chuleta”.

Justo ahora que los recuerdos de mis infantiles soledades han pasado por mis pensamientos cual estrellas fugaces dejando una estela indeleble en la memoria, la veo a ella.

Ella sale en las mañanas de su casa, se sienta en la banqueta y aprovecha que el día es soleado. Cuando la veo ahí, afuera, sentada, serena, tranquila, con la mira fija en el horizonte, prefiero no saludarla, para no interrumpir su momento de impávida contemplación hacia la nada; nada la distrae, nada le inmuta, ni siquiera el canto del gallo que es su vecino; me pregunto qué estará pensando, o quizás, simplemente, vio algo que llamó su atención; pudo ser que alguna de las tanta aves que rondan por estos lugares, gorriones, chileros, calandrias, cenzontles, colibríes, palomas, que surcan este cielo azul sin dejar una pizca de rastro, captó su curiosidad, o quizás, esté recordando algo, o solo la encandila el sol y yo me estoy imaginando cosas de más.

             Cuando la veo ahí en la banqueta, recuerdo el día que la conocí; se miraba muy feliz, estaba rodeada de su familia, estaba con los suyos, pero un día el júbilo y la alegría terminaron de tajo. De su casa empezaron a sacar la estufa, el tanque de gas, el televisor, la cama, el refrigerador; era obvio que se dejaban este lugar para irse, me imagino, a uno mejor. Con todos aquellos muebles encima de un pickup, comenzó el primer viaje, luego el segundo, el tercero y así, sucesivamente, hasta llegar al último. 

Ella miraba, sin inmutarse, cómo su familia se iba yendo y ella quedando sola, pero estaba segura de que en la última vuelta ella seguía. Recuerdo que pasé por enfrente de la casa y escuché aquellas palabras que sentenciaron su futuro: “¿ya no hace falta nada? ¿Segura que nada? Preguntó aquella voz aguada y desinteresada, no, contestó la que era su madre, (¡la que la amaba con todo el corazón!), vámonos entonces…”; las puertas del pickup cerraron una a una, el motor rugió y el pickup se echó a andar.

Ella, desde la puerta, los seguía con la mirada, vio como aquel destartalado carro se iba lleno de cosas; estaba segura de que en el siguiente viaje la llevarían, pero su madre ni siquiera la volteó a ver, desde aquel día ya no la volvió a ver jamás; pasó hacer un número más en las estadísticas del abandono: en el mundo el 70% de ellos se encuentra en situación de calle, y en México, las cifras “dicen” que 15 millones de ellos viven la misma situación producto de la indolencia humana. Mientras yo era testigo de aquella escena, a lo lejos, se escuchaban los versos de una canción de Café Tacuva:

Sólo ve cómo me quedo aquí esperando a que no estés, En espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mí, En espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mí…

Los días pasaron y su familia no volvió, ella se las arregló para poder sobrevivir, algunos que pasábamos y la veíamos, le ofrecimos algo de comer y agua; ella, lo agradeció con mucho entusiasmo, pues ya llevaba días que no había probado bocado; siguió abandonada, la soledad y la tristeza le pesaban; la incertidumbre de saber si algún día regresaran en el pickup por ella, le invadió la mirada; se veía cansada y gris; su pelo perdió el brillo de la felicidad, estaba opaco, sin vida, parecía un estropajo, viejo y sucio, también olía mal; las uñas le han crecieron y eran tan largas como las horas que pasó sola ahí sentada en la banqueta; el cuerpo se le puso flaco, se le podían ver sus huesos, se le podían contar las costillas; indefensa y a la intemperie, pasó los días esperando, esperando y esperando; encadenada a la incertidumbre y a la esperanza; descansaba bajo un techo hechizo; una casa de madera maltrecha, que apenas la cubría de las inclemencias del tiempo, fue su hogar; su larga espera me recordaba a, Rebeca Méndez Jiménez, y también a, Penélope, la del bolso de piel marrón.

Ningún vecino se animaba a rescatarla porque no queríamos correr el riesgo de tener un problema con la dueña de la casa cuatro, (de la casa “maldita”); en ella, en unas vacaciones de Semana Santa, murió un sobrino de la dueña; en otra ocasión, una de sus hijas salió pidiendo ayuda porque uno de sus hermanos estaba golpeando a la mama y todos recordamos la ocasión en que un convoy de cinco patrullas de la policía municipal se aparcaron afuera de la casa: los agentes del orden, con sus R-15, encañonaron la casa, no pasó del susto, (de todo esto ella fue testigo, pero, hasta la fecha, no nos ha contado cómo estuvo el chisme).

Pero de entre tanto cobarde, sí hubo una valiente, a la cual no le importó meterse en un problema y la rescató: Doña Lety, una señora de esas de antes, de rancho, es robusta y se ve maciza como un viejo roble; a pesar de que le pesan los años y que la diabetes la acecha, se da el tiempo para cuidar al nieto, regar las plantas, darle de comer al gallo, barrer su patio en las tardes, al ritmo del acordeón de Los Cadetes de Linares, Laurita Garza, es la que rifa, pues ella, en sus tiempos mozos, fue “la maestra de la escuela”, no sé si mató al “julano”, pero lo que sí sé, es que ella fue madre y padre para sus polluelos. Doña Lety, a pesar de sus múltiples actividades, se da el tiempo para hacer menudo, lentejas o un caldo de choros riquísimos, que feliz comparte con sus vecinos, “como la gente de antes pues”, como la gente de rancho. Un día también se dio tiempo para rescatarla, ella sí los “tuvo bien puestos”, sí tuvo lo que muchos solo tenemos de dientes para adentro; cruzó la calle tambaleando y con unas pinzas trozó el cable que la sostenía presa y encadenada y la salvó; ella, se alegró y le bailo: la miro con amor: comenzaba una nueva vida: de la casa cuatro pasó a la casa veintidós: ¡Que valiente es “Doña Lety”! Dijimos todos.

Doña Lety, entró en su casa, “prendió la música”, y en la esta estación de “La Poderosa 86” sonaba la canción de Chiquitita, de ABBA, Doña Lety, mientras acomodaba el nuevo hogar de aquella indefensa criatura, la miraba y tarareaba los versos:

Chiquitita, dime por qué, Tu dolor hoy te encadena, En tus ojos hay, Una sombra de gran pena…Chiquitita, sabes muy bien, Que las penas vienen y van y desaparecen, Otra vez vas a bailar y serás feliz, Como flores que florecen

Mientras Doña Lety, contaba y bailaba aquella melodía, la tomo por sus patas peludas y viéndola a los ojos, le dijo con la ternura de una madre, “Desde ahora te llamaras….Chiquitina…” y ambas siguieron bailando aquella canción: Doña Lety la cantaba y la Chiquitina la ladraba…

Hoy, esa perrita, “triste y azul”, huesuda y de mirada triste, que esperaba y esperaba, está “gordita” y feliz; tiene un hogar que la protege del mal clima y, además, tiene el cariño de todos los vecinos “cobardes”; ya nos conoce a todos y no nos ladra. Ahora, no solo sigue cuidando la “maldita” casa cuatro, sino también la casa veintidós y al resto de las casas de la privada.

Cuando Doña Lety sale en su viejo Cavalier rojo, la “Chiquitana”, la espera acostada en la banqueta viendo hacia el portón, esperando su regreso. Hasta ahora, Doña Lety no le ha fallado, siempre regresa y es recibida con desesperados ladridos de felicidad de la “Chiquitina”.

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