10 razones para ir a una biblioteca pública y sin raspaduras

Temporada de gatos por Isaías Plascencia, Licenciado en Periodismo y Administración de Empresas con Maestría en Educación | Director de medios e integrante del Colegio de Comunicólogos de Baja California

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Hace tiempo, mientras impartía una clase de literatura a mis estudiantes de bachillerato, pero a través de internet debido a la pandemia, al preguntarles si alguna vez habían visitado una biblioteca pública me llamó la atención una respuesta casi unánime, pues bastó un monosílabo para percatarme y corroborar que muchas personas todavía no descubren la aventura de la lectura, ni el delicioso misterio de recorrer los estantes llenos de libros.

Ante ese esperado panorama, sin dudarlo les dije que dichos espacios son una fuente variable del conocimiento universal, pero sabía que eso podría ser insuficiente comparándolo con internet y lo que ahí se puede encontrar para hacer las tareas, por tanto decidí que en la siguiente sesión semanal habría de darles 10 razones esenciales para convertirse en usuarias y visitantes asiduos de estos recintos bibliográficos.

Vaya lío en el que me involucré, pues hubiera sido más sencillo no haberles realizado la promesa que a manera de decálogo tendría que hacerles realidad, por tanto el reto se convirtió al inicio en una encrucijada de respuestas y opciones, casi a tal grado de arrepentimiento, dado que podría haber dicho cinco y no diez.

Luego de darle algunas vueltas en mi cabeza, me dije, “pues qué tan difícil puede ser esto, basta con expresar una decena de justificaciones positivas por las que a mi me atraen las bibliotecas”, toda una inesperada revelación.

Sin dejar de sonreír con firmeza les solté las cosas que a mi me mueven para degustar los sabores literarios y atrapar las aromáticas letras de la historia, sin dejar de lado los colores de la ciencia. Ya sin tantas vueltas les presenté las 10 más buscadas, en espera de que al menos una fuese suficiente para entusiasmarles y que a continuación detallo:

  1. Préstamo de libros: dado que no siempre se tendrá el tiempo suficiente para sentarse en la tranquilidad de una biblioteca y dejarse llevar por las palabras de un libro y luego otro, es posible llevarse la lectura a casa mediante el préstamo semanal de algunos ejemplares, siempre y cuando se cuente con la credencial que acredite como usuaria de ese lugar. Eso sí, el saber que se está en posesión externa temporal de estos, es como tener en resguardo una parte del tesoro nacional.
  2. Purifican y estimulan: al entrar, el primer impacto positivo es ver los estantes llenos de libros como si fuera un supermercado, pero con una mejor selección de productos para estimular la imaginación y despertar el apetito de la creatividad, pero en particular con buenas dosis de purificación espiritual y con aderezo de razonamientos idóneos para contrarrestar los efectos nocivos de la acelerada vida laboral y las exigencias casi inauditas de la sociedad.
  3. Abundancia de ejemplares: siempre dicen por ahí los detractores que en las bibliotecas públicas no hay libros nuevos o suficientes, pero en realidad siempre hay más de lo que cualquier mortal pudiese consumir al año, pues la mayor parte del acervo es desconocido y requiere ser descubierto para dejarse envolver en la manta del conocimiento. Además qué caso tiene el querer solo leer lo más nuevo y best sellers que brotan como bolillos recién sacados del horno pero que al paso del tiempo se enfrían y endurecen, pues muchos solo atraen por su aroma e imagen, pero no todos aportan nutrientes suficientes para el alma.
  4. El silencio es cosa del pasado: recuerdo que cuando cursaba la secundaria, luego la preparatoria, hasta caer en la universidad, era impensable el hacer ruido en la biblioteca, ni platicar era posible, sin embargo hoy cada vez más es permisible y tolerable el que la gente pueda comentar lo que está leyendo, hasta escuchar música y disfrutar de una lectura en voz alta, pero eso sí, mientras no se rebase la línea del respeto de quienes también buscan la concentración en ese espacio. Ya lo decía el filósofo español José Ortega y Gasset en la primera mitad del siglo XX, “las bibliotecas debiesen ser un recinto del que pudiesen disfrutar de manera abierta las personas”; bueno, algo así.
  5. Te hace parte de un círculo sinigual: hay gente que es integrante de un club de ajedrez, equipo deportivo o al menos de una banda fiestera, pero otras tantas sin buscar algo en qué encajar, una vez que atraviesan la puerta de la biblioteca corren el grandioso riesgo de quedarse, salir y volver a entrar mañana o después, hasta percatarse que son parte de un grupo de guardianes que velan por la seguridad de los libros y permanencia del ambiente literario a tal grado que cuando se va de paso por la calle a pie, automóvil o en calidad de pasajeros, estos suelen esbozar una sonrisa al verla ya sea de día o de noche, pero siempre se le echa una mirada por si acaso la acechan los brujos o gigantes de los que tanto advirtió Don Quijote de la Mancha a través de alguien con apellido Cervantes.
  6. Revivir a los autores, rescatar ideas y recrear historias: todos los libros parecen inertes, apilados a tal grado de aparentar ser solo parte de la decoración, pero en realidad están ahí firmes, dispuestos a ser abiertos, consumidos, bebidos, devorados y asimilados mediante la lectura, además muchos aunque parezcan estar fosilizados en un sutil olvido, lo cierto es que se encuentran en estado de hibernación, esperando el momento de hacerse brillar ante los ojos curiosos de quienes pasen frente a estos y así conforme pronuncian en silencio o en voz alta las primeras palabras, empiezan a cobrar vida sus autores quienes a su vez liberan sus ideas, sueños, esperanzas y soluciones a manera de estafeta.
  7. Descubrimientos y reencuentros: ya he dicho que muchas personas esperan encontrar en las bibliotecas algún libro recién lanzado al mercado, lo que da como resultado una penosa decepción para ellas al percatarse que no se cuenta con ese título o autor que se busca, pero qué caso tiene leer lo más nuevo para intentar entender la vida, si no hemos terminado o al menos iniciado la revisión de los ejemplares que argumentan y sostienen desde hace años o siglos lo que hoy en unas cuantas páginas se pretende simplificar para el consumo voraz de lo mínimo necesario.
  8. Te pueden regalar libros: si bien los libros de las bibliotecas públicas son para uso libre por quienes las visitan, hay ocasiones durante el año en las que justo a la entrada, sobre una mesa o al interior de cajas se muestra algún letrero con la leyenda “Tome un libro o los que guste, son gratis” y es en esos momentos en los que pareciera ser la recreación de premiación a los usuarios o lectores frecuentes que solo así descubren esas gemas del saber en espera de ser adoptadas por alguien. Por cierto, los ejemplares obsequiados por lo general en condiciones aceptables, son donados para que tengan una segunda o tercera oportunidad de ser leídos por otras personas y vaya que me he encontrado cosas muy buenas, entre estas una colección de diccionarios Larousse, “La experiencia homosexual” de Marina Castañeda, un estudio profundo acerca de la diversidad sexual y “El otro México” de Fernando Jordán, edición 1951, ahora sí que muy bien añejado, pero conservado.
  9. Cada visita, una alegría: toda ida a la biblioteca es un respiro y aliciente a nivel espiritual, un descanso mental al ver tantos autores dispuestos a brindarme horas-páginas de su vida a cambio de que los saque de los estantes e inicie la lectura, pues toda palabra que pronuncie en silencio o a viva voz, es como recargar la esencia de sus creadores que aportan ideas, argumentos, entretenimiento y soluciones, pero lo mejor, es que no discriminan a sus lectoras, ni apresuran para ser leídos, son pacientes y tolerantes, pues a través de los párrafos seguro se habrán de encontrar respuestas contra la ignorancia y materia prima para moldear preguntas ansiosas de enseñanzas.
  10. Es punto de encuentro neutral: las bibliotecas públicas son y debiesen ser para todas las personas, sin importar sus ideologías, creencias o nivel socioeconómico, muncho menos la edad, ni el grado de estudios alcanzado, algo que en suma se ha ido consolidando al paso del tiempo lo que da como resultado un espacio libre, en armonía, sin discriminación y abierto al cambio, aunque todavía les falta mucho por avanzar en materia de inclusión, pero habremos de lograrlo. Eso sí, que nadie intente adueñarse con fines obscuros de los recintos bibliográficos, de lo contrario le caerá encima el peso de la crítica fundamentada y sin parangón.
Pango Bango, el gato.

Pues estas fueron las diez razones que les di a mis estudiantes para darse una vuelta y entrar a esos extraordinarios lugares, que sin importar el tamaño del sitio o la cantidad de libros, al final corres el riesgo de disfrutarlos y sin raspaduras desde el primer intento; ahora espero, puedas y quieras corroborarlas, una o todas el año que viene o el siguiente.

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