Votar tres años después

Columna Mar de fondo | El autor Benedicto Ruiz Vargas es analista político

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Hace tres años de aquella elección histórica, la de 2018, en la que como un tsunami Morena arrasó en todos los cargos públicos en juego, como pocas veces se había visto en la historia más reciente del país. Una amplia mayoría de votantes le dieron el triunfo en la presidencia a Andrés Manuel López Obrador y la mayoría de escaños en la cámara de diputados y senadores.

El de aquella elección fue un voto contra la partidocracia, en particular en contra de los gobiernos del PRI y del PAN que habían cometido excesos y omisiones en la resolución de los problemas sociales. Fue un voto por un cambio de raíz y por una nueva esperanza, depositada legítimamente en el liderazgo de López Obrador.

Tres años después, muchos de estos electores que votaron bajo esta perspectiva mantienen su fe y su apoyo incondicional a AMLO, pero, hay que aceptarlo, muchos otros no. En estos tres años de gobierno obradorista hay electores que están preocupados, asustados y temerosos del rumbo que están tomando las cosas en nuestro país.

Pocas veces como ahora se había dividido tanto el voto de los mexicanos en dos grandes vertientes: en una están los que, sin importar los resultados del gobierno, volverán a votar por Morena y el presidente; pero en otra están aquellos que votarán, fundamentalmente, para que haya un mejor equilibrio de fuerzas en México y no sea un sólo partido el que controle todo el poder.

Sin dejar de lado los múltiples problemas a los que se ha enfrentado la presidencia de López Obrador, lo que más ha dañado su imagen es el haber revivido los resortes autoritarios del presidencialismo mexicano que conllevan la concentración del poder, la anulación o el debilitamiento de la pluralidad política y que, poco a poco, van anulando la división de poderes en que se basa el gobierno de la república.

AMLO lo dijo desde un principio de su ascenso político: “al diablo con las instituciones”, pero realmente muy pocos lo entendieron. Su concepción del gobierno y de la democracia es otra, y no corresponde con los preceptos más generales de la democracia liberal, sino con otra visión que se alimenta del populismo y de las tradiciones políticas.

Hasta ahora, el proyecto de cambio de López Obrador se ha concentrado principalmente en la esfera de la política o, en otros términos, en el régimen político, comparando inadecuadamente la etapa de cambio con otras que vivió el país en el siglo diecinueve, que se caracterizaron por el enfrentamiento entre dos bandos, los liberales y conservadores.

Por más que se fuerce esa similitud, es evidente que México no está en las mismas circunstancias. Aquí los grupos neoliberales que han promovido proyectos de modernización, desde Salinas de Gortari hasta el panismo conservador, y han concentrado la riqueza y han hecho que se expanda la pobreza en el país, también han introducido una institucionalidad ligada a las normas democráticas (entre ellas el INE).

El país necesita cambiar radicalmente, corregir la grosera exclusión de los más necesitados, mejorar los niveles de bienestar, erradicar la rampante corrupción del poder público, la ineficiencia del poder judicial, el servilismo de los diputados y senadores, y eliminar el papel del dinero ilícito en las campañas electorales.

Pero todo esto no se puede lograr denostando a los que disienten o se oponen, desmantelando las instituciones del Estado, dotando de un poder omnímodo al presidente (por más popular que sea), oyendo sólo a unos y despreciando a otros y, quizás lo más importante, destruyendo nuestra débil democracia procedimental, burguesa y anodina muchas veces, pero mil veces mejor que la dictadura o el autoritarismo de los viejos tiempos.

El gobierno de AMLO va casi a la mitad de su sexenio y los cambios se ven difusos, y lo único que existe hasta ahora es un pantano lleno de conflictos y diferendos que enfrentan al país día tras día, en donde aparece un presidente enfrentado a luchas conspirativas y complots por todos lados, adversarios esbozados que buscan debilitarlo y desplazarlo del poder. Como si realmente viviéramos una guerra civil.

La pandemia del coronavirus ha acentuado y ha hecho más desesperante la situación del país. Las cosas pueden complicarse aún más y hacer que vivamos en una eterna disputa política, odiándonos entre todos y esperando la batalla final, como puede ser la elección presidencial de 2024.

La elección del próximo domingo puede ayudar a que haya un mejor equilibrio de los poderes en México, un rumbo mejor definido y ser un punto de inflexión para que los ánimos alentados por la confrontación se serenen un poco. Veremos qué deciden los electores.

 

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