Aurelio Garibay, a 27 años de tu ausencia…

Narrativa del periodista Odilón García | Diario Tijuana

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Aurelio Garibay

Sonó el teléfono de la redacción y contesté de inmediato. Me tocaba hacer guardia en la redacción del Sol de Tijuana y tomar los adelantos de los reporteros, para informar a la Dirección el contenido de las notas periodísticas para mañana.

-Buenas tardes -dije amablemente: redacción de El Sol de Tijuana, ¿en qué puedo servirle?

Mi educación poblana contrastaba siempre con la costumbre fronteriza, así que me dio la impresión de que le arranqué una sonrisa. Entonces quien estaba del otro lado de la línea me contestó:

-Cálmese mi Gorilón! Casi, casi me contesta usted: “Residencia de El Sol de Tijuana”… ja,ja,ja,ja…

Era Aurelio Garibay, sus bromitas (para un novato como yo) a veces me caían tan mal que ganas no me faltaban para contestarle con una palabrota, por lo menos con una grosería. Pero no lo hice por dos razones: no podía, y reconocía en ese señor una capacidad impresionante para redactar y más aún para generar noticias, con una impecable sintaxis.

-Ahí le va mi adelanto -me decía, para darme tiempo de sentarme en la mesita, ponerle el papel, agregarle una hoja de carbón, otra hoja blanca (medio percudida por el tipo de papel), otra hoja de carbón más y una tercera hoja para tener: un original y dos copias.

-Ahora sí, dígame! Listo!…
Entonces, se transformaba, entonaba la voz y con autoridad dictaba…

Redactar el adelanto de Aurelio Garibay era adelantarse a la noticia, visualizar, por adelantado, las ocho columnas del periódico. Antes de que se teclearan las notas, antes de que se pasara a la fotocomposición, antes de que se imprimiera en la rotativa que siempre olía a dos cosas: tinta y rollos inmensos de papel.

Así fueron mis medios días, con reporteros que no tenían ni idea de lo que iban a redactar y por tanto necesitaban mucho tiempo en el teléfono para dictar su nota y el contraste con este monstruo de las letras periodísticas. Aquí sí aplica: de feroz bigote y una mirada que todo, pero absolutamente todo, lo registraba para transformarlo en noticia.

Aurelio Garibay Martínez, nacido en San Pedro Xalostoc (Definía su pueblo, con una sonrisa pícara, como la: “Próxima Capital del Mundo) (San Pedro Xalostoc, es una pequeña comunidad ubicado en la carretera México-Pachuca perteneciente al Estado de México y particularmente al bravo municipio de Ecatepec).

Era dicharachero, atrabancado, le gustaba la bohemia, tenía una visión sencilla del mundo y además de sus poderes, como super héroe para la redacción, gozaba de un peculiar defecto: le gustaba hacer amigos, y ayudarles, casi como si fueran sus hijos, sus hermanos. Era un auténtico padre para los que veníamos de otros estados y éramos los más jóvenes.

En 1995, un día como hoy, 9 de enero, Aurelio Garibay Martínez partió.

Murió el hombre que soñaba con tener una agencia de noticias nacional donde cada periodista fuera su amigo, donde la redacción creara notas nacionales, sustentadas en el oficio, el trabajo en campo, el documental y el empleo de los géneros periodísticos.
Se fue muy lejos, se convirtió en estrella, muy lejana.

Se fue aquel periodista que más información tenía sobre el caso Colosio. Él mismo me llevó a la mismísima casa de Tranquilino Sánchez Venegas (El hombre acusado de abrirle paso a Mario Aburto para que disparara su revolver). En la calle de Juan de Dios Pesa, entrevistamos a su esposa, Doña Mari, en una casita muy humilde, de madera; pero eso sí, muy limpiecita. Aurelio conocía muy bien a Pablo Chapa, el fiscal de las brujas, lo criticaba en La Jornada y escribía su columna repleta de información nacional.

Murió mi maestro, que con generosidad, sacaba de mi máquina de escribir, mi hoja con papel carbón y dos copias, para meter una nueva y decirme mientras escribía en la máquina: “mire, así es mejor” Y luego de redactar un primer párrafo impecable (el llamado “lead” periodístico) Y me decía: “Ya vió! ahora, sígale usted” y no se olvide de engordar el perro (refiriéndose a agregar detalles menos importantes que hicieran ver la nota más nutrida).

Se fue ese hombre que en el 89, al ser jefe de redacción me preguntó, en la oficina del segundo piso de la redacción: ¿Qué quiere ser? ¿Fotógrafo o reportero?
Aquel que por las tardes me enseño el oficio; así, sin egoísmos, como si fuera su hijo, hasta que a base de lealtades, me llegó a presentar orgullosamente como tal.

Se fue para siempre el periodista que amorosamente cuidaba de su hermano, Lorenzo Garibay, quien se licenció en Periodismo en la UNAM). Codo con codo trabajaban corresponsalías nacionales. Lorenzo, un poco más reservado con sus amistades -me parece- no le decía nada al ver la oficina llena de sus amigos e hijos postizos (entre ellos yo)… Pero ganas no le faltaban para criticarle el llenar la oficina de esos “amigos” a los que apreciaba, aunque algunos, resultaron traidores a la causa.

Dispuesto al pleito, si se lo buscaban, se paraba como muralla frente a los entrevistados que pretendían no dar declaraciones a los compañeros de la prensa. Su corpulencia y decisión hacía que los funcionarios dejaran a un lado la prepotente huida para ofrecer la declaración que permitía dar sentido a la nota que ya traía en mente.

¡No! No se ponga a escribir como loco, me decía… Redactar no es eso… (Y luego aplicaba su frase conciliadora) ¿Qué no le había dicho? (Para soltar la enseñanza) Cuando se siente frente a la máquina, primero piense, organice lo que trae, aviente lo más fuerte por enfrente y luego se va a los detalles. No se ponga a tundirle a las teclas ´nomás porque sí. Explicaba, mientras movía sus manos como si estuviera boxeando.

Padre amoroso -a veces de más- terminó por malcriar a veces, y cuando notó que le hizo falta mano dura en los que llamaba descendencia… me encomendó a su retoño, pero ya era demasiado tarde.

Repetir a un Aurelio Garibay es materialmente imposible. Tal vez habría que mezclar en una olla grande de barro: nobleza, bondad, amistad, solidaridad, sensibilidad, amplio criterio, valentía, capacidad para pintar la realidad con letras, inquebrantable lealtad, fuerza física, amor a México, fútbol, simpatía, humor, dichos mexicanos y leyendas y frases coloridas así como otros ingredientes secretos, que están totalmente vedados para mi.

“Noooooo! usted, nomás me quiere dejar todo ilusionado y lleno de hijos”, decía jocosamente a alguna dama que le parecía atractiva. Por cierto, casi todas le parecían así.
“Oiga, usted ya se cree la puritita verdad”, me decía para luego soltar la carcajada.

“¿Dónde anda? Véngase ipso facto a la oficina que le voy a enseñar a redactar” Aquí estoy con mi consanguíneo (Lorenz Garibay) Pero no se tarde porque luego me pican los moscos.
“Yo no soy periodista, soy reportero… Cuando domine todos los géneros periodísticos, entonces diré que soy reportero”.

“Yo no escribo, escribe García Marquez”

“No quiero ir a la oficina! -¿Por qué Aurelio? -Porque ahí está el Loco (Lorenzo) -Y qué que esté -Nel, porque si me ve que me estoy tomando una cheve, luego, luego me regaña”

“Hey! ¿A dónde va? Súbase al carro, vamos por la nota de ocho de mañana, yo lo voy a llevar, deje lo que esté haciendo”

“Don Horacio Rentería, (periodista de El Latino) llévese a mi Gorilón García y enséñele a reportear. Revise sus notas y no se levanten de la mesa hasta que usted lo haga un chingón!”.

Han pasado 27 años desde su partida y parece que todos los días me espera en la oficina para pedirme que repare su computadora, exigirme más redacción, brindarme su amistad y su protección, en una frontera difícil, agresiva… A veces, amorosa también, una ciudad que me enseñó a amar y respetar.

Hasta el cielo un abrazo mi Aurelio y en tu sepulcro, que ya he visitado en tu San Pedro Xalostoc, “próxima capital del mundo”, deposito estas flores, letras virtuales, convertidas en palabras.

Aurelio Garibay

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