Nacionalismo Revolucionario II

El autor es analista político

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En la parte primera de este artículo comentábamos sobre la contemporaneidad entre el nacionalismo revolucionario y el neoliberalismo, sus orígenes  y sus contextos, ambas piezas producto de la ingeniería pensante correspondiente al periodo de entreguerras. Ahora nos adentraremos en el qué, cómo y dónde de la circunstancia mexicana y el desarrollo del modelo nacionalista revolucionario en el país.

Comencemos por reflexionar sobre lo que realmente atrajo a Carranza del ideario manabendriano, y sobre todo al obregonismo en ciernes:

La respuesta es muy sencilla, el planteamiento general de este programa representaba un verdadero traje a la medida para la nueva hegemonía y su proyecto político, social y económico, en suma, se vislumbró como el elemento de cimentación perfecto sobre el la que se levantaría el edificio conceptual que le daría sentido a todo el modelo hegemónico.

En el papel, el régimen de economía mixta representaba el valladar perfecto para mantener a raya al imperialismo colonialista que ya se aprestaba a hincar el diente nuevamente sobre nuestra nación, la idea era, y es de una sencillez impresionante, de ahí su verdadera exquisitez conceptual, que como señalamos en la parte I de este artículo se concibió originalmente como parte de una estrategia para lograr el pleno desarrollo en los países emergentes, y no como una solución al problema que enfrentaba el nuevo Estado mexicano en su lucha por consolidar su proyecto revolucionario, la aplicación de las ideas de Nath Roy a la circunstancia mexicana, finalmente representaron también la vacuna perfecta para evitar el viacrucis imperialista que sufrió el resto le América Latina en el siglo XX.

La realidad es que el México de la pos revolución temprana carecía de un empresariado local con las capacidades suficientes para asumir el reto que representaba la industrialización y modernización del país, el Estado era el único actor con la dimensión suficiente para hacer frente a este desafío si no se quería caer nuevamente en las garras del capital trasnacional y con ello en la ruta de una nueva neo colonización económica, el régimen de economía mixta era una salida impecable al problema.

En ese contexto la rectoría del Estado sobre la economía se sobreentiende, la otra parte de la película reviste particular interés, ya que el Estado se planteaba desde el principio, en otra pista pero en el mismo orden de ideas, dar el impulso y el apoyo necesario a la incipiente iniciativa privada nacional para generar las condiciones óptimas para su desarrollo pleno, para ello se utilizarían dos palancas fundamentalmente, la primera, una política de sueldos bajos, no tan bajos como los actuales advierto, contenida por el aparato sindical afín al gobierno y tazas de impuestos casi de excepción,  la idea era apostar a la innovación de la industria y los servicios, la generación de nuevas tecnologías y al desarrollo de la ciencia, mano a mano con el empresariado nacional, en ese contexto se apostó por la creación de instituciones de educación superior como el IPN,  la reconversión del ENA en Chapingo, el fortalecimiento de los programas de investigación en universidades como la UNAM, o la creación de entidades científicas como el Instituto Mexicano del Petróleo, a esas iniciativas del régimen revolucionario se debió el período histórico al que se refiere con nostalgia el presidente López Obrador y que conoció la posteridad como La Época del Desarrollo Estabilizador.

El proyecto era de una magnífica catadura y además, su consolidación hubiera representado un punto de llegada formidable al final de la etapa conocida universalmente como del estado de bienestar social, una plataforma de salida óptima al neoliberalismo y una mejor condición de encuentro con el nuevo paradigma por venir, pero… ¿que falló?,  ¿porque terminamos en la versión tecno del profirismo?.

Nos vemos puntualmente en la parte III de esta exposición.

Jorge Sierra Rios

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