Lo más bello de la naturaleza humana más allá de aquel 19-S

El autor es Licenciado en filosofía, con estudios de Maestría en filosofía de la cultura y la religión en la época contemporánea. Dedicado, desde hace casi 25 años a la promoción y defensa de la inclusión y el respeto a los derechos de las personas con discapacidad y el periodismo.

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Hace un año viví una de las experiencias más difíciles de mi vida pero fue una experiencia que también dejó ver un rasgo muy bello de la naturaleza humana:

En repetidas ocasiones he intentado dar cuenta de los múltiples casos en que las personas con discapacidad nos enfrentamos a una exclusión casi exterminadora que suele pasar desapercibida porque se normaliza pero que también por eso mismo, es terrible y dolorosa…

El 19 S, durante el simulacro que se realiza anualmente desde el terremoto de 1985, las personas que nos encontrábamos en aquella oficina —un espacio adaptado especialmente para el desarrollo de actividades relacionadas con la inclusión de personas con discapacidad a nuestra sociedad— no recibimos apoyo alguno por parte de los «brigadistas» y al final de este ridículo ejercicio, alguien sin discapacidad, que formaba parte del propio equipo de trabajo se atrevió a decir con sorna:

—Ya los contamos como muertos.

Este comentario me resultó irritante pero, por una prudencia de la que hoy me arrepiento y por un inmerecido respeto a mi entonces colega, guardé silencio.

Poco menos de dos horas después, ocurriría el hecho que quiero recordar hoy…

Al comenzar el temblor, yo me encontraba en el privado de mi buen amigo Adalberto Méndez y había dejado mi bastón colgado a unos metros de ahí, en una de las mamparas laterales de mi espacio de trabajo. Cuando el movimiento del suelo se volvió más fuerte y comenzaron a oírse crujidos provenientes del edificio principal, que se alzaba a un costado de nuestra oficina, yo estaba verdaderamente asustado, tal vez como no había estado en mi vida (no sé si el tiempo, la memoria o el recuerdo de la conciencia infantil ayudaron a que no me asustara tanto con la experiencia de 1985) quise dirigirme hacia mi lugar y tomar mi bastón para salir al estacionamiento.

La conjunción de mi peculiar estilo al caminar, con el bamboleo del piso y la colocación inadecuada de una guía podotáctil me hicieron tropezar. Caí estrepitosamente y entonces, Adalberto se apresuró a ayudarme; recuerdo que cuando intentó levantarme le dije;

—¡Vete, yo aquí me quedo!
A lo que él respondió:
— No. Si nos toca morir, nos morimos los dos.

Afortunadamente para nosotros la situación no pasó a mayores y con su ayuda pude salir y, en una silla de ruedas, llegar, después de haber superado el caos agravado por los brigadistas (quienes, quizás por el desconcierto, la ignorancia o la indiferencia, tampoco se apersonaron en el la «oficina de atención a la discapacidad» durante la emergencia real), pude llegar a la mal llamada «zona segura», ubicada a casi tres cuadras de distancia.

Adal permaneció conmigo hasta que, gracias a la solidaridad de alguien a quien recuerdo con mucho cariño y gratitud, pudimos llegar a nuestros hogares.

He advertido en este mismo espacio sobre la poca confianza que tengo en las débiles instituciones de nuestro país… Esta idea quedó más que comprobada cuando, al comunicar estos hechos a quienes se encontraban en un nivel jerárquico superior en el organigrama, recibí dos respuestas a cual más terribles:

La primera de ellas por parte de una persona con discapacidad (quien por cierto se encontraba fuera de la oficina en ese momento y quizá por eso fue tan torpe), lo cual hace que sea más incomprensible y dolorosa:

—Pinche Mauricio, te ves muy cagado cuando te enojas, qué cagado eres…
Y la de más arriba fue el silencio absoluto…

Como dije antes, la experiencia vivida en el terremoto de hace un año, me ofrece hoy la posibilidad de contemplar la naturaleza humana en toda su contradicción: los mismos hechos suscitan a un tiempo, las actitudes más viles y los sentimientos más nobles…
Gracias Adalberto.


  • El autor es Licenciado en filosofía, con estudios de Maestría en filosofía de la cultura y la religión en la época contemporánea. Dedicado, desde hace casi 25 años a la promoción y defensa de la inclusión y el respeto a los derechos de las personas con discapacidad y el periodismo.
    tintanauta@gmail.co,
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