De cuando México extravió sus principios y valores

Director de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste

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Un pueblo ignorante es ciego de su propia destrucción

Simón Bolívar

Las terribles escenas de lo previsible en el poblado de Tlahuelipan, Hidalgo, gente gritando y corriendo envuelta en llamas y otras más calcinadas por la explosión de un ducto de gasolina que ordeñaban, nos deja impávidos.

La tragedia da lugar a la reflexión: el “huachicoleo”, el sabotaje y el saqueo de lo que sea, jugando con la propia vida y la de los demás; el arriesgarse por unos cuántos pesos, el sacar ventaja de la gasolina, de mercancías o de animales de cría regados en accidentes viales; el pillaje y la rapiña a comercios en las tragedias naturales no son hechos aislados, forman parte de una forma cotidiana de vida, de una conducta generalizada de la población mexicana: el “agandalle”.

Tragedias como la de Hidalgo no podrían explicarse si no es como resultado de una subcultura de la corrupción, conflicto heredado por la actual administración federal, al grado de encontrar armada toda una industria del robo de combustible por gobernantes, altos funcionarios de Pemex, trabajadores, sindicato y pobladores, en una sociedad permisiva y cómplice de lo ilegal.

Pero si la corrupción se da al más alto nivel (Odebrecht, la Casa Blanca, la protección al narco, los moches entre legisladores, alcaldes y gobernadores; los presupuestos inflados, etc.), ¿por qué no la sociedad podría también sacar provecho de la corrupción?

La pérdida de valores y principios no se refleja sólo en el sabotaje al patrimonio nacional, en el desviar recursos del erario o en el pedir una “mordida” por un policía de tránsito, sino también en el menosprecio a la dignidad humana.

Con gran tristeza observamos cómo, por ejemplo, buena parte de la población de Tijuana rompe con la tradicional hospitalidad y solidaridad con los migrantes, en una ciudad formada por inmigrantes, desbordándose en actos de discriminación para repudiar y estigmatizar negativamente a los hondureños integrantes de la caravana migrante, a pesar de su condición de refugiados desplazados, de menores, mujeres y familias vulnerables, llegando al extremo de la xenofobia y el racismo, a la que lamentablemente se suma el alcalde Juan Manuel Gastélum, el jefe de la comuna, en aras de ganar votos para su anhelada reelección.

Imposible pasar por alto los altos grados de impunidad por los feminicidios, las torturas, las desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales cometidas por autoridades civiles y militares. ¿Cómo es que no se someten a la acción de la justicia casi todas esas violaciones graves a los derechos humanos, que en México alcanzan el grado de crímenes de lesa humanidad por su carácter sistemático y generalizado?

¿Cómo es que el Tte. Cor. Julián Leyzaola, que tiene el nada envidiable récord de 27 Recomendaciones emitidas en su contra por tortura, como ningún otro jefe policíaco en el mundo, perpetrada por él y/o por sus policías en Tijuana y Cd. Juárez, puede darse el lujo de aspirar este año a la Presidencia Municipal de Tijuana sin que la justicia lo toque, además, con un apoyo popular al que no le importa su terrible legado, gracias a la protección del gobierno emanado de uno de los partidos que lo lanzarán, al no consignarlo por las cientos de denuncias presentadas por sus víctimas?

Por otro lado, imposible pasar por alto la iniciativa del gobierno actual para elevar a rango Constitucional la militarización de la seguridad pública a través de la Guardia Nacional, contraria a la propia Constitución, al carácter progresivo de los derechos humanos y a los estándares internacionales en la materia. A pesar de la amarga experiencia que nos dejaron los regímenes anteriores respecto a la participación militar en la persecución de los delitos, y de la opinión y advertencias de todo el campo nacional e internacional de los derechos humanos, el gobierno cometerá, en esencia, el mismo error.

El modelo neoliberal impuesto en México y en el mundo, la Economía de Mercado, el lucro desmedido traducido en negocios ventajosos de empresas nacionales y trasnacionales y de autoridades corruptas, en la privatización del patrimonio, los servicios públicos y los derechos sociales, el neoliberalismo no sólo nos quitó nuestra principal fuente de riqueza, el petróleo, base del desarrollo nacional por años, sino también nos quitó la esperanza y sumió a la población en los más bajos niveles de desarrollo y de desempeño educativo y laboral, en antivalores de materialismo, individualismo, menosprecio a la vida, a la dignidad y a los derechos humanos.

El sello de la época que nos tocó vivir es la pérdida gradual de principios, lejos del esplendor de la juventud del siglo pasado, de una generación inspirada y forjada en el romanticismo y en los ideales y luchas revolucionarias por la justicia social y la igualdad, lucha que tuvo su costo y sacrificio en vidas, presos políticos, torturados, desaparecidos y desterrados. ¿Adónde quedó todo eso?

*Director de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste

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