¿Cómo ves a AMLO 2019?

La revolución de la mente

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—¿Cómo ves a Obrador, el presidente?

—Es un estadista con filosofía. Es fiel a su visión y palabra. Creo que su estilo de comunicarse con la gente es clara y pausada. Es sincero, no busca la venganza política, no se quiere empantanar en cacerías de brujas. Sabe que tiene poco tiempo y está develando un plan de recuperación bien estructurado. Gracias a la estabilidad política que se ha logrado, el Peso tiene el mejor cierre anual desde 1994.

—¿No crees que habla muy lento y repite sus llamada de atención?

—Ahora que me he acostumbrado a escucharlo por las mañanas, he descubierto que logra el trance con espaciar las palabras con pequeñas pausas. Es algo que permite comprender mejor el significado de sus ideas, aparentemente sencillas como las palabras de Zapata, pero de calado político e histórico.

—Y ¿la descentralización?

—Obrador conoce muy bien el país. Conoce sus necesidades y sus recursos, además de sus historias. Parte de su plan es educar políticamente a los ciudadanos. Insiste en la civilidad política, es desescalar los encones evitando llamar a sus oponentes “enemigos”. Cada vez que puede aclara que “la política es un poner orden en el caos”, y que “este no es solo un cambio de gobierno, sino de régimen”.

—¿Crees que la gente lo entiende así?

—Están desaprendiendo viejas formas políticas y eso permite vislumbrar mejor lo que se aproxima. Los proyectos nacionales requieren del esfuerzo de todos. La revolución de la mente que propone Obrador, es una transformación pacífica, dirigida y sin coordinadores. El cambio implica que la gente se actualice, se sume, y se aplique a un proyecto liberal revolucionario. El autoritarismo político produjo mucha gente acomplejada, resentida, tóxica. Es hora de abrir las ventanas y permitir que entre el aire fresco y el sol a la vida pública.


En 2019 se cumplirán treinta años de el décimo aniversario de la Revolución sandinista, y el sexagésimo de la Revolución cubana. 1989 fue el año de mi cita con la historia.

Chuchú Martínez, el personaje que terminó siendo central en el relato vivo “Descubriendo al General” de Graham Greene, fue mi anfitrión e inspiración en Panamá.

En el país de la salsa y el canal, de los kunas y las molas del Darién, conocí la aventura clandestina al estilo Casablanca tropical. Conocí contrabandistas rompiendo el embargo norteamericano a favor de Nicaragua, desde la zona libre del canal de Panamá.

Conocí piratas y revolucionarios, generales y poetas del siglos XX que me enseñaron una nueva forma de ser siendo “audacia y más audacia”: Resisto por lo tanto existo.

A mediados de 1989 salí de Nicaragua después de haber recorrido el país de la costa del pacífico a la atlántica, y de sur a norte.

Crucé a Honduras donde fui detenido por los soldados. Fui interrogado una hora. Jamás me torturaron. Solo me quitaron dos libros revolucionarios; el best seller de Tomás Borges y el premiado de Omar Cabezas.

Fue en esas horas de interrogatorio y aislamiento cuando me llegó la idea de que es la revolución de la mente (la política revolucionaria como una transmutación mental) el faltante de la revolución política.

Ahora, 30 años después Ortega se ha transformado en el azote de su pueblo (“el poder corrompe. El poder absoluto corrompe absolutamente”). En México las cosas son distintas.

La 4T requiere de una revolución de la mente y no solo de un cambio de régimen. No obstante, a la medida que este régimen vaya demostrando que es positivo para la gente en forma de bienestar, será posible que la transformación mental del pueblo se galvanice en una nueva realidad nacional.

Siempre he sostenido que la realidad es una creación mental/social. 30 millones votaron por la creación de una nueva realidad, pero votar no es suficiente. Se requiere de la aplicación directa de cada uno en la transformación.

Si te opones, por lo menos hazlo con información e inteligencia. Si no. Por defecto te vuelves parte, no de la oposición y/o la resistencia, sino históricamente de la INERCIA.
Lo que se busca no es un regreso al pasado, sino una recuperación del pasado. Una recuperación de lo perdido en la errancia neoliberal.

Los que no creen que exista otro tipo de progreso alternativo al neoliberalismo, se engañan. Sufren miopía económica y financiera. Su visión del futuro es unívoco en vez de plural y diverso.

Quien crea que no estamos avanzando políticamente al minimizar la importancia de los pasos dados, es un reaccionario. Quien no vea las oportunidas comerciales e industriales planteadas por la despenalización de la marihuana, y como esto implica una recuperación del campo, es ciego.

Quien crea que una opinión sacada de la paranoia es “crítica verdadera”, está perdido. Lo mínimo que se requiere para sumarse u oponerse es objetividad, información, claridad, contundencia —los fundamentos de una revolución de la mente—.

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