Oaxaca | Nadia Altamirano – SemMéxico |


 Leticia mira con curiosidad y espasmo cómo la enfermera del Hospital de la Niñez Oaxaqueña manipula el pequeño cuerpo de su hijo Yaslit, a quien dio vida hace un mes.

En esa área de urgencias del único nosocomio pediátrico en esta entidad del sur del país, conviven dos extremos de las realidades más crudas y dolorosas para la población de cero a 17 años: la mortalidad infantil y el embarazo adolescente.

De acuerdo con los Servicios de Salud de Oaxaca, tan sólo en 2017 se reportaron  6 mil 112 embarazos entre la población menor de 18 años y de esos 413 fueron en niñas.

Pese a esfuerzos, los embarazos en la infancia y la adolescencia, persisten como un factor preponderante para las malformaciones congénitas o prematurez de recién nacidos, pero que a las niñas y adolescentes corta de tajo su futuro y las arroja a asumir responsabilidades de la edad adulta.

Eso lo sabe bien Leticia. No hay tiempo para el juego ni la diversión. Mientras observa a Yaslit dormir sobre una cuna de hospital, con su panza inflarse y perder volumen por la respiración acelerada, parece serena.

Pero toda la tranquilidad se rompe mientras empieza a contar que apenas en marzo su pequeño nació en el Hospital de Chalcatongo de Hidalgo, el más cercano a Santiago Yosondúa, un municipio de la mixteca oaxaqueña donde vive con su madre Inés.

Su nariz se llena de mucosidad, sus ojos se humedecen, la voz suave se vuelve inaudible y el llanto termina por dominarla, el silencio se impone, no hay ánimo para hablar de su corta vida en la que no hay espacio para asistir a la escuela.

No ha aprendido aún a cuidar a su hijo y ya teme que pueda perderlo, nadie, pero sobre todo sus condiciones económicas y sus limitados conocimientos de la vida, le garantizan que pueda gozar de una vida donde los derechos de ambos sean respetados.

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