Cuando pandilleros armados balacearon su hogar en El Salvador, la pareja con discapacidad visual Rosario y Víctor* tomaron a su hija y se tiraron al suelo para esquivar las balas.

Minutos más tarde, figuras que no pudieron ver, entraron a su casa y se acercaron, mientras ellos seguían en el suelo. Víctor se encontraba cubriendo con su cuerpo a Natalia, su hija de 10 años, y a Rosario, que pensó, estaban muertas.

“Estaba paralizada, muerta en cada parte de mi cuerpo”, relata Rosario llorando mientras revive el terror. “Pero cuando nos dimos cuenta de que era la policía, empezamos a respirar de nuevo”.

La familia había sido acosada por la pandilla que demandaba $500 dólares de “renta” por las dos clínicas de masaje terapéutico que tenían en la capital salvadoreña. Cuando la pandilla duplicó su demanda a $1000 dólares cada dos semanas, la familia cerró sus negocios, y tuvo que cambiar de casa varias veces para escapar de sus acosadores.

Pero siendo fácilmente reconocibles por sus características y sus canas grises, la pandilla los encontró varias veces. Reconociendo su vulnerabilidad, la policía ideó un plan original, tal vez macabro, para sacar a la familia de su casa aun cuando los incesantes ojos de las pandillas estuvieran vigilando. La familia debía fingir estar muerta.

Acomodándolos en camillas y cubriéndolos con sábanas blancas, los oficiales sacaron a la familia de su casa, uno por uno, por las calles del destartalado vecindario, acompañados de un médico forense, para aumentar la credibilidad.

“No estaba muerta, pero sentí como si lo estuviera” recuerda Rosario. “Era difícil controlar mi respiración pues estaba muy nerviosa, hasta que entramos al vehículo de la policía”.

Era claro que la vida de la familia en El Salvador había terminado. Una vez fuera de su barrio, se unieron a decenas de miles de personas que escapaban de la violencia de las pandillas en El Salvador, o como se conocen en Centroamérica “Maras”, cuyos crímenes van desde extorsiones, violaciones y asesinatos hasta tráfico de drogas, secuestros, y trata de personas.

La policía los llevó a un punto cercano a la frontera con Guatemala, dejando a Rosario y a Víctor al cuidado de Natalia. “Estábamos a salvo pero no teníamos nada más que nuestras pijamas” recuerda Víctor. “Solo teníamos $20 dólares que habíamos pedido prestados cuando cruzamos hacia Guatemala, guiados todo el camino por nuestra hija.”

Una vez en Guatemala, pasaron dos días durmiendo en la calle sin comida. Fueron finalmente ayudados por un chofer de camión que reconoció la situación desesperada en la que se encontraban, y los acercó a la frontera con Tapachula, en el sur de México. Una vez allí, buscaron ayuda en un albergue para migrantes.

Una vez ahí, algunas personas les sugirieron que tocaran la puerta de un albergue migrante. En él fueron informados de la posibilidad de solicitar asilo en México. Dos meses después recibieron el reconocimiento de la condición de refugiado.

Con la ayuda del ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, la familia de tres fue transferida a un albergue en otra parte de México que tenía mejores instalaciones para las personas con discapacidad visuale quienes están entre los más vulnerables cuando se trata de huir para salvar sus vidas.

“Miles de hombres, mujeres y niños escapando de la violencia de las pandillas en El Salvador, que es ahora uno de los países más violentos del mundo”, declaró Mark Manly, Representante del ACNUR en México.

“Como Rosario y Víctor, muchos han enfrentado riesgos extremos y se encuentran en necesidad urgente de protección. Se necesitan mayores acciones que aseguren que cuentan con la información adecuada respecto a cómo solicitar el asilo, mejor acceso al procedimiento de asilo, y lugares seguros y dignos en los que puedan estar mientras se procesan sus casos”, recalcó el Representante.

Manly acentuó que la desesperada situación de refugiados como Rosario y Víctor fue un recordatorio del porqué el ACNUR “necesita redoblar su trabajo con las autoridades y la sociedad civil para buscar soluciones”.

La pareja solicitó asilo en México, y se les fue concedido. Ahora se encuentra segura y disfrutando de vivir en paz. Rosario ama cantar y su voz resuena en las paredes del albergue con las canciones de Laura Pausini, una cantante pop italiana. A ella y a Víctor les gustaría echar a andar su negocio de terapia de masajes de nuevo, aunque aún se preocupan por las pandillas, cuyo alcance es internacional.

“Ahora, en este albergue, nos sentimos seguros, aunque seguimos con miedo de que algún día nos encuentre la mara. Ellos saben cómo encontrar a la gente”, expresa Rosario, sus pensamientos se nublan con ansiedad cuando piensa en sus familiares que se quedaron atrás. “El resto de nuestra familia se encuentra aún en El Salvador y están bajo amenaza por culpa de nosotros.”

*Los nombres fueron cambiados por razones de protección

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