¿Francisco regañó a los Obispos?

El autor es Obispo de San Cristóbal de las Casas

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Felipe Arizmendi Esquivel

Ciudad de México { Felipe Arizmendi Esquivel

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Mucho se ha comentado sobre el mensaje que el Papa Francisco nos dirigió a los obispos mexicanos, durante su reciente visita. Aunque yo dije, saliendo de la catedral de México, que nos había dado una buena revolcada, nunca lo expresé como si fuera un regaño, sino como una invitación a revisar muchas de nuestras actitudes. A otros episcopados, como al italiano, al mismo argentino y a la Curia Romana, les ha dicho cosas más duras e interpeladoras, como cuando habló de las enfermedades de la Curia. No faltó quien, en Roma, se extrañara y se molestara, pero son palabras que deben tomarse en cuenta, si en verdad anhelamos la renovación de la Iglesia. Todos los episcopados y toda instancia eclesial requerimos conversión.

No creo que alguien hubiera mal aconsejado o mal informado al Papa sobre nuestra realidad. Nosotros mismos, en nuestros informes de la Visita Ad limina, en mayo de 2014, le compartimos nuestra situación, sin maquillar lo que sucede entre nosotros. Por otra parte, él tiene experiencia de la vida interna del episcopado del que procede, sobre todo cuando fue Presidente del mismo, y sabe los avatares diarios de la existencia humana, como cuando Jesús que hacía serias advertencias a sus propios discípulos. El Papa, más que regañar, nos hace advertencias para que no nos contaminemos de los métodos y procedimientos mundanos, ajenos al Evangelio.

PENSAR

Esta son las frases más llamativas del Papa a nosotros los obispos:

“Sean obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales. No se necesitan «príncipes», sino una comunidad de testigos del Señor.

No pierdan tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias. Introduzcan a sus sacerdotes en esta comprensión del sagrado ministerio.

La proporción del fenómeno (del narcotráfico), la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas, sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral.

Es necesario afrontar el desafío de nuestra época representada en las migraciones. Que sus corazones sean capaces de seguirlos y alcanzarlos más allá de las fronteras.

Es necesario superar la tentación de la distancia del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autorreferencialidad.

Pero la frase que, según algunos comentaristas externos, significó un regaño, es ésta: “Los exhorto a conservar la comunión y la unidad entre ustedes. Esto es esencial, hermanos. Si tienen que pelearse, peléense; si tienen que decirse cosas, se las digan, pero como hombres, en la cara, y como hombres de Dios, que después van a rezar juntos, a discernir juntos y, si se pasaron de la raya, a pedirse perdón, pero mantengan la unidad del cuerpo episcopal”.

Son palabras claras, directas, que no requieren matices. Que puede haber conflictos, discusiones, diferencias entre nosotros, es normal, pues somos muy diferentes y cada quien tiene su manera de ser y sus puntos de vista. No somos uniformes, ni cortados con la misma medida. Esto a nadie debe extrañar. Lo mismo pasaba en el colegio apostólico. Lo mismo pasa en Roma y en cualquier institución humana.

ACTUAR

Oremos por los obispos, para que seamos humildes y nos vayamos convirtiendo más y más al Evangelio, que es vivir en verdad, perdón, reconciliación, paz y amor.

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