Miles de mexicanos toman posesión de Los Pinos

Por Blanca Juárez

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Todo comenzó aquí. Es decir, fue en el Palacio Legislativo donde Andrés Manuel López Obrador rindió protesta como presidente de México. Pero fue acá, en Los Pinos, donde inició el cambio en el ejercicio del poder. A partir de las 10 de la mañana miles de personas tomaron posesión de lo que hasta hacía unas horas era la residencia de los hombres que mandaban en el país.

Mexicanos y extranjeros acudieron este 1 de diciembre a la convocatoria de Alejandra Fraustro, secretaria de Cultura. En la víspera, la funcionaria había informado cómo y por donde se daría acceso a la casa de 14 presidentes, “tal y como lo prometió en campaña” López Obrador.

Muchos llegaron antes de la hora convenida. Para cuando los soldados quitaron el letrero de “Prohibido el paso”, llevaban un par de horas impacientes por ser parte de ese “momento histórico”. Y finalmente cruzaron por la puerta 1, en Avenida Parque Lira, y por la 3, dentro del Bosque de Chapultepec.

Las familias más poderosas de México han sido dueñas de estos terrenos. Ahora, gente de todos los estratos sociales entraban por cada rincón al que les fue permitido. Admiraban o criticaban las construcciones, se tomaban fotos en las fuentes, caminaban a sus anchas por pasillos iluminados por lujosos candelabros.

De Cárdenas a López Obrador

En 1853, José Manuel de Pablo Martínez del Río, miembro de una de las familias más ricas de México, adquirió parte del terreno conocido como Molino del Rey, en el Bosque de Chapultepec, para edificar una casa de campo. Al rancho que mandó construir lo llamó La Hormiga.

Más tarde el lugar pasó a ser parte del Gobierno de la República. Y en 1934 se convirtió en la residencia oficial presidencial por decisión del presidente Lázaro Cárdenas. Sus predecesores habitaban el Castillo de Chapultepec, pero a él le pareció que eso era oneroso.

Así que resolvió mudarse a La Hormiga y nombrarlo Los Pinos, en honor a la finca en la que conoció a su esposa, Amalia Solórzano, en Tacámbaro, Michoacán. Ahora es Andrés Manuel López Obrador quien piensa que esa residencia es onerosa.

El orondo “Bolas”

Hasta este sábado pocos podían tener acceso si quiera a los jardines. Alumnos de excelencia llevados por alguna efeméride, deportistas sobresalientes, jóvenes premiados por trabajar en favor de sus pares, son algunos de quienes han traspasado las puertas 1 y 3.

En el primer día del gobierno de López Obrador, al que intentó llegar desde hace 12 años, hasta “Bolas” anduvo orondo en Los Pinos. El mastín español iba delante de su dueño, sacudiendo la cola y avanzando como si conociera el lugar.

No faltaron los nostálgicos por aquellos tiempos en los que Los Pinos era para unos cuantos. Un hombre, quien salía de una de las oficinas con acceso restringido, vio con desprecio al pobre de Bolas. “¿También los perros pueden entrar?”, le preguntó a un soldado. Al escuchar la respuesta afirmativa no tuvo más que lamentarse: “van a desmadrar esto, lo van a desmadrar. Ya nada será igual”.

El llanto de Andrea

Algunos aprovechaban el tiempo para caminar por los jardines, para entrar al museo de sitio o ir a formarse para conocer algunas de las residencias. Otros preferían acercarse a las pantallas gigantes, donde sería transmitida la toma de protesta de López Obrador.

En la explanada Francisco I. Madero, junto a la estatua de ese presidente que inició la Revolución Mexicana, se colocó una de las pantallas. El centro de ese espacio estaba casi desierto, la mayoría se sentaba a las orillas para protegerse del sol que, aunque ya de otoño, se sentía muy fuerte.

Desde ahí siguieron el recorrido de López Obrador hacia el Congreso de la Unión, donde asumiría el cargo de presidente de México. Vieron la llegada de Enrique Peña Nieto, y le dedicaron la primera rechifla de la mañana, “¡Fuera, fuera!”, “¡Corrupto, ladrón!”.

Finalmente llegó la hora. Ya el mandatario saliente y el entrante se encontraban en el recinto legislativo. Peña se despojó de la Banda Presidencial y la entregó al presidente de la Cámara de Diputados, Porfirio Muñoz Ledo, un personaje clave en la política de este país.

Ahora sí, quienes se guarecían del sol poco les importó. Llenaron el centro de la explanada. Andrea Solís, una joven de 26 años, olvidó que traía una cámara fotográfica para registrar el momento y se dedicó a mirar lo que sucedía.

“Honorable Congreso, pueblo de México, prometo guardar y hacer guardar la Constitución Política…”. Ella no pudo más y soltó a llorar. “…Y si así no lo hiciere que la nación me lo demande”. A Andrea le temblaban las manos, la quijada, respiraba hondo y seguía llorando. Se recompuso cuando los demás vitoreron “¡Presidente, presidente!”, y se unió a ellos con una sonrisa.

“Viva la cuarta transformación”

“No lo puedo creer, pero sí lo quiero creer”, comentó contrariada Arcelia Ibáñez, de 51 años. “Parece que fue ayer cuando nos hizo fraude Felipe Calderón”. Para las 2 de la tarde, al término de la ceremonia de toma de protesta, ya estaba cansada. Había viajado desde Querétaro a presenciar todo desde Los Pinos.

Llegó temprano para entrar a la residencia Miguel Alemán antes de que López Obrador jurara como presidente. “Todo se llevaron, señorita. Bueno, al menos trapearon antes de irse, se ve limpiecito”, dijo antes de echarse a reír.

Esa es una de las tres edificaciones de Los Pinos que están abiertas al público. La otras son la casa Miguel de la Madrid y la casa Lázaro Cárdenas. Pero la taquillera, la que todos querían ver, era la casa Miguel Alemán.

“Se les recuerda que hay otros dos inmuebles abiertos, donde la fila es muy corta o no hay fila”, avisaban por megáfono los guías. Pero nadie hacía caso, preferían esperar su turno para conocer el lugar donde vivía Peña con la actriz Angélica Rivera.

El tiempo de espera era aprovechado para analizar la decoración de los jardines. “Le falta color a esto. Unos alcatraces, unas duerme de noche, no le vendrían mal. Unos geranios”, opinaba una señora frunciendo la boca y moviendo la cabeza en señal de desaprobación.

Frente a la estatua de Carlos Salinas de Gortari un señor recordó a su hijo Beto. “Pobrecito, nació en el sexenio de éste jijo, el presidente más odiado de la historia”. Sus evocaciones fueron interrumpidas por los gritos de un hombre que, desde el balcón de la residencia Miguel Alemán, gritaba “¡Viva la cuarta transformación!”. La gente, abajo, respondió las arengas con otro “¡viva!”.

El búnker de la cruda

Al entrar a la casa el guía les indicaba que el camino era a la izquierda. “Estamos en uno de los lugares más importantes del recorrido, la oficina presidencial”, informaba a cada grupo. “Con que desde aquí nos chingaban”, descubrió Armando Fuentes, quien vino con dos de sus hermanos y tres sobrinos desde Michoacán.

Luego, los visitantes se encontraban con otra fila para subir a la otra planta por unas escaleras bifurcadas. Una vez arriba, había que girar a la derecha para conocer las recámaras familiares. Al llegar la puerta de cada una de ellas algunos se decepcionaban, otros se enfadaban por encontrarlas vacías.

En la pieza presidencial, la más grande y a la única a la que se podía entrar, los turistas se tomaban fotos. Disfrutaban la vista de los cuatro ventanales y se sorprendían por el tamaño del vestidor. La cocina también arrancó varios “¡Aaaah!”.

En el sótano Armando Fuentes y sus familiares conocieron el Búnker, una oficina de seguridad creada por orden de Felipe Calderón. La información de cómo es este lugar estaba bajo reserva hasta 2019. “Se me hace que aquí venía a curarse la cruda”, bromeó.

El Camino de la Democracia

“Hay que aceptar los cambios”, dijo a Regeneración una mujer de 61 años. Su identidad es resguardada por causas de fuerza mayor. “No se vaya a enterar mi marido que vine, no diga mi nombre, que se va infartar, se muere del coraje”. Ni él ni ella votaron por López Obrador, preferían al candidato del PRI, José Antonio Meade.

Pero a estas alturas de la vida, “es mejor fluir. AMLO no lo puede hacer todo solo, como sea, necesita que nosotros pongamos de nuestra parte. Y pues, ya, total, hay que superar que no quedo el que queríamos. Bueno, mi esposo todavía no puede”, declaró la mujer y luego siguió por el Camino de la Democracia, una vía que conduce a la casa Lázaro Cárdenas.

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