Sí, hablemos de aborto

La actriz Muriel Santa Ana confesó que a los 24 años se hizo un aborto

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Interrupción del embarazo
Mujer que decide sobre su cuerpo deja de ser usina de vida y jaquea el orden de las cosas
Argentina | Norma Loto-SemMéxico

Alguna vez acompañé a abortar a una amiga; recuerdo el miedo conjugado con el terrible calor norteño de una primavera corroída por la miseria. Temía a la clandestinidad y al dolor que pudiera sentir mi amiga luego de la intervención.

Han pasado tantos años de aquel hecho y aun hoy el aborto es una práctica clandestina, que quizás no se legaliza porque sería una de las mayores pérdidas del poderío patriarcal sobre los cuerpos de las mujeres. Porque mujer que decide sobre su cuerpo deja de ser usina de vida y jaquea el orden de las cosas.

Hace más de 24 horas que se intenta tirar a la hoguera a la actriz Muriel Santa Ana, que confesó que a los 24 años se hizo un aborto porque no quería ser madre y que también acompañó a otras mujeres a abortar.

Hace años en mi euforia universitaria acompañé a una amiga a abortar. Nací en una ciudad del interior de Santiago del Estero. Allá todo llegaba tarde, pero sin embargo, el aborto murmuraba en cada rincón del pueblo, en los pupitres de mis compañeras, en la vecina, en el enfermero que tenía su casa preparada para realizar abortos.

Un día mi madre me contó sobre una jovencita del campo a la que una partera le había practicado un aborto: “huele mal y las moscas la siguen”, me detalló alarmada. Al poco tiempo esa chica santiagueña murió de una infección.

Años más tarde mi amiga me confesaba su necesidad de abortar, las causas eran: la edad; por las oportunidades que se perdería … su vida … y el detalle era que se sentía boluda, porque: cómo podía ser que nunca había aprendido a cuidarse y este sería su segundo aborto. – “Necesito que me prestes dinero”, me dijo.

Entré en confusión porque no sabía de dónde sacar el dinero, me asustaba todo: el dolor, la clandestinidad, el secreto, la sangre. Se lo comenté a mi madre esa misma noche y su respuesta fue: “juntemos el dinero”. También me preguntó dónde y quién se lo haría: “Un médico de Tucumán”, contesté.

Mi amiga pudo abortar y seguir con su vida. Ella tuvo los medios. La otra, la chica del campo, no.

Siempre sobrevuela en mí la imagen nunca vista de la joven del campo. La veo perseguida por las moscas. La recuerdo todos los días. No sé cómo se llamaba, pero la imagino hermosa, de piel dorada y que su cabellera finalizaba en un cobrizo chamuscado por el sol, quizás se parecía a “La Pelusa”, la niña que jugaba conmigo cada vez que visitaba a mi abuelo que vivía
en el campo.

En mi cabeza pasan las imágenes: Escena 1: la joven, caminando por el patio de tierra agrietada por el sol santiagueño; Escena 2: la joven dolorida; Escena 3: moscas zumbantes cerca de su vagina; Escena 4: Ella llora; Escena 5: la muerte; Escena 6:la lloran. Escena 7: la condenan.

Quienes encendieron la hoguera contra Muriel Santa Ana ignoran o poco les importa que en el país se practican entre 370.000 y 522.000 abortos clandestinos al año y que las complicaciones por aborto inseguro son la primera causa individual de muerte materna en 17 de las 24 provincias. Según las Naciones Unidas, las legislaciones restrictivas que niegan el aborto seguro no reducen la necesidad ni el número de abortos, sino que aumentan los riesgos para la salud y la vida para las mujeres.

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