Ciudad de México | SemMéxico


Muchas mujeres de las que no se conoce su historia,son forjadoras de México, entre ellas, la señorita La Mar, Antonia Nava, “La Generala”, Manuela Medina, “La Capitana”, María Fermina Rivera, María Tomasa Estévez, María Herrera, María Josefa Martínez, Rafaela López Aguado, Ana García Doña, Petra Teruel de Velasco y tantas otras de quienes no sabemos el nombre.

La señorita La Mar

–Cuyo nombre de pila se ignora- llegó desde Cartagena de Indias a Galveston y cuando conoció a Javier Mina, lo acompañó a México. En Soto la Marina cuidó a los enfermos y tras la derrota de Mina, fue hecha prisionera por las autoridades virreinales y enviada a Veracruz, donde se le destinó a cuidar a los enfermos en condiciones repugnantes. De ahí se fugó y se incorporó a la división de Guadalupe Victoria, pero a la derrota de este caudillo, fue condenada a servir a una familia realista en julio de 1819. Hasta después de 1821 pudo regresar a su patria.

Antonia Nava, “La Generala”

Esposa de don Nicolás Catalán y amiga de Catalina González. En el sitio sufrido por las tropas de Nicolás Bravo en la sierra de Jaleaca, no teniendo ya nada qué comer, Bravo se disponía a sacrificar a alguno de sus hombres para que comieran los demás y no desertaran. Las dos mujeres se ofrecieron en sacrificio gustoso para que comieran todos. Ante tales muestras de valor y entereza, ninguno de los soldados desertó. Durante la batalla del día siguiente, las mujeres pelearon con machetes y garrotes, como los demás soldados.

La misma Antonia Nava, cuando le mataron a un familiar, se presentó ante Morelos y le dijo: “No vengo a lamentar la muerte de este hombre, sé que cumplió con su deber. Vengo a traer cuatro hijos, tres pueden servir como soldados y el otro que está chico, servirá de tambor y reemplazará al muerto”.

Manuela Medina, “La Capitana”

Formó una compañía de soldados en Texcoco y peleó en siete acciones de guerra. Sólo por conocer a Morelos, viajó cien leguas y cuando lo logró, le dijo: “Ya moriré con gusto aunque me despedace una bomba de Acapulco”. Murió, en efecto, en marzo de 1822, a consecuencia de dos heridas de combate que la postraron un año y medio.

María Fermina Rivera, de Tlatizapán

Esposa del coronel de caballería don José María Rivera. Ella luchó contra el hambre, los caminos intransitables y climas ingratos… a veces cogía el fusil de un muerto y respondía el fuego al lado de su marido. Murió en la acción de Chichihualco, defendiéndose junto a Vicente Guerrero en febrero de 1821.

María Tomasa Estévez 

Hermosa mujer que fue comisionada para seducir a las tropas de Iturbide para que se pasaran al lado de la insurgencia Fue fusilada en Salamanca en agosto de 1814.

María Herrera

Huérfana de madre, no dudó en quemar su hacienda para no proporcionar recursos a sus enemigos. Alojó a Mina en el Rancho El Venadito. Perseguida, después robada e insultada, murió en medio de los bosques, viviendo como ermitaña, consagrada a la soledad para rogar a Dios por la salvación de la patria.

María Josefa Martínez

Viuda que comandaba tropas vestida de hombre en la zona de Orizaba. Sólo usaba su traje de mujer para entrar a Córdoba, Orizaba y Puebla y averiguar los movimientos de las tropas realistas.

Rafaela López Aguado

Madre de Ignacio y Rafael López Rayón. Ella entregó a sus hijos a la causa insurgente y se rehusó a interceder y obligarlos a capitular a fin de que su hijo más pequeño, Francisco, no fuera pasado por las armas.

Ana García

Esposa del coronel Félix Trespalacios, a quien acompañó en una travesía de 160 kilómetros y salvó de dos sentencias de muerte.

Doña Petra Teruel de Velasco

Llamada la “Hada protectora” de los Insurgentes, por la ayuda material y moral que prestó en todo momento a los rebeldes, particularmente a los presos por sedición, desde la Ciudad de México.

Y hay mujeres insurgentes cuyos nombres ni siquiera se conocen:

Las hermanas González, de Pénjamo, quienes sacrificaron su fortuna para irse con los Insurgentes.

La heroína de Soto la Marina, quien cruzó el campo de batalla varias veces para llevar agua a los soldados.

La heroína de Huichapan, que levantó a sus expensas una división de insurgentes; se puso al frente de ella y en una acción se quedó sola, defendiéndose con tanto valor que los realistas le conservaron la vida.

Dos mujeres fusiladas por los realistas en el camino a Teotitlán, por sospecharse que hacían tortillas envenenadas para los realistas.

Y las hermanas, mujeres e hijas de los insurgentes, quienes fueron fusiladas o apresadas por el único delito de tener una relación familiar con los rebeldes. Esto ocurrió de manera constante, ya que los jefes realistas, Calleja e Iturbide, utilizaron la estrategia de apresar y fusilar a las familias completas: primero para obligarlos a entregarse, lo segundo cuando deseaban la venganza.

Lamentablemente, el destino de estas mujeres es ser recordadas sólo por excepción. Muchas de ellas son mencionadas en las biografías escritas en los siglos XIX y XX, y después de eso, sólo algunas autoras, desde la perspectiva feminista, volvieron a acordarse de ellas. Menos aún se recuerdan aquellas mujeres que apoyaron la causa realista, que las hubo en gran cantidad, desempeñando diversas actividades, como salvaguardar a la Virgen de los Remedios, patrona realista, escondiéndola en sus casas, o bien, como espías o delatoras de los movimientos insurgentes.

También ocurrió, en el caso de estas mujeres realistas, lo que había sucedido con las rebeldes: tomárselas como prolongación del marido, el hermano o el hijo. Muchas de ellas recibieron la famosa condecoración Isabel la Católica, ofrecida por el Rey Fernando VII, y su mérito había sido sufrir las inclemencias de haber perdido a su marido en la Guerra de Independencia.

La participación de las mujeres fue mucho más intensa de lo que se ha considerado tradicionalmente. Los estudiosos del papel de las mujeres durante la Independencia han demostrado que su participación fue “complementaria e igualmente valiosa para el esfuerzo bélico y que la guerra modificó el comportamiento político de las mujeres alterando su condición en la sociedad” (Cfr. Garrido Asperó, 170).

A pesar de que algunos de esos autores afirman que las mujeres participaron sin ambiciones políticas, “porque no habían sido educadas para pensar políticamente”, y que su participación se había debido a causas como los desajustes en la economía familiar, los lazos de parentesco con los soldados, los sentimientos patrióticos, la recompensa económica que podían obtener o como forma de manifestar su rebeldía contra la sociedad; María José Garrido ha demostrado a través del estudio de cartas y defensa a mujeres apresadas, que el elemento que propiciaba la oposición de estas mujeres al régimen, era la pérdida de la creencia en la legitimidad del que gobierna. Es decir, que estas mujeres tenían una opinión política propia. Actuaban como seres políticos.

Las mujeres ayudaron de diversas formas a la causa insurgente: otorgando ayuda económica, sirviendo de correos o de enfermeras y administradoras en el frente de guerra e incluso intentando “seducir”, es decir, convencer a los hombres –fueran éstos militares o no- e incluso a otras mujeres, de abrazar la causa independentista.

No hubo en este último caso diferencias entre las mujeres de la elite y aquellas menos favorecidas. Muchas mujeres pobres se dedicaron a seducir soldados realistas, como ocurrió en el caso de María Tomasa Estévez. Pero también las mujeres de clase acomodada fueron acusadas de “seductoras”. Un caso célebre fue el de la misma Josefa Ortiz de Domínguez, quien fue calificada por el doctor José Mariano Beristain como “una verdadera Ana Bolena, que ha tenido el valor para intentar seducirme a mí mismo, aunque ingeniosa y cautelosamente”.

No hay que olvidar, de nuevo, a todas esas mujeres en reconocimiento a su compromiso político, valeroso accionar y ayuda en el nacimiento de una nación sin ninguna clase de yugo extranjero.

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